Manual para canallas...

Manual para canallas
Autor: Roberto G. Castañeda13 de julio de 2006
"Tus silencios me dictan que este corazón es mío", dijo Paula mientras tocaba el pecho de Ricardo. Desnudos, recostados en el retozar que prosigue al oficio de hacer el amor, ambos se sentían cómodos el uno con el otro. Él fumaba mientras parecía descifrar códigos en la oscuridad. Ella lo acariciaba con ternura. Ricardo asintió con la cabeza, aunque soltó una interrogante: "¿Y cómo es que sabes interpretar los silencios?". Ella sonrió, aunque él no la miraba. "Sólo hay que saber sentir, percibir los detalles, las emociones". Sin duda, era una romántica, casi cursi dirían algunos. Paula estaba perdidamente enamorada de ese muchacho alto, que aunque un poco arrogante también era un tipo sensible. Aunque no sea la mujer de tu vida, a tu chica siempre hay que tratarla como si lo fuera, y que se sienta reina, aunque sólo sea en la cama. Así pensaba Ricardo y por eso se preocupaba de que ella alcanzara el clímax. Y justo en ese momento que ella temblaba de placer, la cubría de besos, en el cuello, los hombros, la espalda, en la cadera, en el pliegue de las rodillas. Si algo tenía él, era que sabía compensar cada caricia, toda entrega. "Tu ima-gina-ción, me pro-grama en vi-vo,lle-go vo-lando y me arro-jo sobre ti; salto en la música, entro en tu cue-rpo, com-eta Halley, cópula y en-sueño", cantaba Virus desde el estéreo y Ricardo repasaba la letra mentalmente. Esa rola siempre le había gustado y le había guiado en los momentos más críticos, cuando se sentía solo, recostado en la cama, bocarriba, pensando que allá fuera, en algún sitio o en cierta calle, caminaba una mujer que algún día llegaría a él para poblar sus vacíos. Lo malo es que casi siempre se equivocaba al elegir. En vez de dejarse llevar por alguna amiga que le tiraba la onda o por cierta vecina que le sonreía al pasar, siempre insistía en cortejar a las más complicadas, en perseguir a las que no lo pelaban, y por lo general se salía con la suya, pero la relación nunca funcionaba.
Eso sí, Ricardo tenía buen gusto, pues siempre le encantaban las ojidominadoras, las cinturavispadas, las piernilindas, las que te encandilaban con su mirada o te confundían con el desaire. En definitiva, las mujeres más difíciles eran su gozo y su delirio, aunque terminaran siendo su obsesión y su tormento. Y era entonces que empezaba el deterioro, como el óxido que carcome tu vieja bicicleta de la infancia. Obsesionado con la conquista de geografías que le recordaran el placer del paraíso, Ricardo siempre estaba pendiente de besar nuevas playas, navegar en océanos de deseo, hurgar en selvas de ritmo salvaje, pero nunca se preocupaba por prevenir las catástrofes. Así que, por lo general, terminaba exhausto, con el corazón desfalleciente, aguijoneado por los abandonos, atormentado por los perfumes ausentes, añorando las madrugadas de febril desvelo, y, más que nada, acababa maldiciendo que su alma semejara la agrietada superficie de un lago seco. En sus tardes grises o sus noches de silencio, Ricardo ha llegado a sentirse igual que si fuera un gato planchado sobre el asfalto o acaso como una lagartija sin cola, porque están bien ca... percibir los escalofríos mientras caminas desnudo para ir al baño, a sabiendas de que al regresar a tu cama nadie te cobijará con la mirada, ni te suspirará al oído. Estar solo debería ser prohibido, porque uno piensa muchas locuras o alucina mientras se echa unos tequilas. El vacío es un país como el nuestro, sin muchas esperanzas y traidores de la democracia. En verdad que estar solo, caminar con la mirada en los zapatos, mirar sin sonreír, debería estar vetado. Pero Ricardo ahora tiene a Paula, que tal vez no sea perfecta, pero a él le parece hermosa, sobre todo cuando está a su lado. Sé que parece cursi, pero hay hombres que se ven mejor cuando no están solos, acaso porque su mirada deja de ser triste, tal vez porque se les escapa alguna carcajada o simplemente porque son más humanos.
manualparacanallas@hotmail.com
"Tus silencios me dictan que este corazón es mío", dijo Paula mientras tocaba el pecho de Ricardo. Desnudos, recostados en el retozar que prosigue al oficio de hacer el amor, ambos se sentían cómodos el uno con el otro. Él fumaba mientras parecía descifrar códigos en la oscuridad. Ella lo acariciaba con ternura. Ricardo asintió con la cabeza, aunque soltó una interrogante: "¿Y cómo es que sabes interpretar los silencios?". Ella sonrió, aunque él no la miraba. "Sólo hay que saber sentir, percibir los detalles, las emociones". Sin duda, era una romántica, casi cursi dirían algunos. Paula estaba perdidamente enamorada de ese muchacho alto, que aunque un poco arrogante también era un tipo sensible. Aunque no sea la mujer de tu vida, a tu chica siempre hay que tratarla como si lo fuera, y que se sienta reina, aunque sólo sea en la cama. Así pensaba Ricardo y por eso se preocupaba de que ella alcanzara el clímax. Y justo en ese momento que ella temblaba de placer, la cubría de besos, en el cuello, los hombros, la espalda, en la cadera, en el pliegue de las rodillas. Si algo tenía él, era que sabía compensar cada caricia, toda entrega. "Tu ima-gina-ción, me pro-grama en vi-vo,lle-go vo-lando y me arro-jo sobre ti; salto en la música, entro en tu cue-rpo, com-eta Halley, cópula y en-sueño", cantaba Virus desde el estéreo y Ricardo repasaba la letra mentalmente. Esa rola siempre le había gustado y le había guiado en los momentos más críticos, cuando se sentía solo, recostado en la cama, bocarriba, pensando que allá fuera, en algún sitio o en cierta calle, caminaba una mujer que algún día llegaría a él para poblar sus vacíos. Lo malo es que casi siempre se equivocaba al elegir. En vez de dejarse llevar por alguna amiga que le tiraba la onda o por cierta vecina que le sonreía al pasar, siempre insistía en cortejar a las más complicadas, en perseguir a las que no lo pelaban, y por lo general se salía con la suya, pero la relación nunca funcionaba.
Eso sí, Ricardo tenía buen gusto, pues siempre le encantaban las ojidominadoras, las cinturavispadas, las piernilindas, las que te encandilaban con su mirada o te confundían con el desaire. En definitiva, las mujeres más difíciles eran su gozo y su delirio, aunque terminaran siendo su obsesión y su tormento. Y era entonces que empezaba el deterioro, como el óxido que carcome tu vieja bicicleta de la infancia. Obsesionado con la conquista de geografías que le recordaran el placer del paraíso, Ricardo siempre estaba pendiente de besar nuevas playas, navegar en océanos de deseo, hurgar en selvas de ritmo salvaje, pero nunca se preocupaba por prevenir las catástrofes. Así que, por lo general, terminaba exhausto, con el corazón desfalleciente, aguijoneado por los abandonos, atormentado por los perfumes ausentes, añorando las madrugadas de febril desvelo, y, más que nada, acababa maldiciendo que su alma semejara la agrietada superficie de un lago seco. En sus tardes grises o sus noches de silencio, Ricardo ha llegado a sentirse igual que si fuera un gato planchado sobre el asfalto o acaso como una lagartija sin cola, porque están bien ca... percibir los escalofríos mientras caminas desnudo para ir al baño, a sabiendas de que al regresar a tu cama nadie te cobijará con la mirada, ni te suspirará al oído. Estar solo debería ser prohibido, porque uno piensa muchas locuras o alucina mientras se echa unos tequilas. El vacío es un país como el nuestro, sin muchas esperanzas y traidores de la democracia. En verdad que estar solo, caminar con la mirada en los zapatos, mirar sin sonreír, debería estar vetado. Pero Ricardo ahora tiene a Paula, que tal vez no sea perfecta, pero a él le parece hermosa, sobre todo cuando está a su lado. Sé que parece cursi, pero hay hombres que se ven mejor cuando no están solos, acaso porque su mirada deja de ser triste, tal vez porque se les escapa alguna carcajada o simplemente porque son más humanos.
manualparacanallas@hotmail.com

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